Las mujeres en la ciencia.

Las diferencias de género han influido en la construcción del conocimiento científico. Sin embargo, se considera por muchos que la idea de una critica feminista a la racionalidad científica se aproxima más a la blasfemia que a la crítica social.

Las construcciones sexo-genéricas han significado al mundo y la producción científica no ha sido la excepción. Sin embargo, no será, sino hasta el momento en que la participación de las mujeres en la ciencia fue aumentando, que se denunció la omisión de las necesidades de las mujeres a la hora de generar conocimiento.

Bajo el argumento de la cientificidad del conocimiento, las criticas feministas hacia la construcción del conocimiento científico no se han tomado con seriedad. No obstante la denuncia sigue presente. El mundo de la ciencia generalmente ha respondido a necesidades cruzadas por el género, la clase e incluso la raza.

Es así que la producción del conocimiento científico carece de una mirada incluyente y por tanto, es discriminadora. La concepción androcéntrica que la genera ha omitido la resolución de problemas que tomen en cuenta las necesidades básicas de las mujeres. Sobre todo de las mujeres pobres pertenecientes a una clase trabajadora que carecen de un acceso digno a la salud y a la educación.

La exclusión que ya por sí misma genera la pobreza es aún mayor para las mujeres. Hoy 8 de marzo, es pertinente volver a enfatizar que las mujeres hemos vivido una discriminación constante en casi todos los aspectos de la vida.

De ahí mi interés en denunciar cómo la ciencia ha dejado una deuda gigante con las mujeres. En primer lugar negando a las mujeres el acceso en igualdad de condiciones a la educación y a los espacios en donde se genera el conocimiento y en segundo construyendo un conocimiento que excluye a las mujeres de los beneficios que los avances científicos vienen produciendo. Cabe señalar que en ambos, todavía se hace más grande la brecha cuando se habla de las mujeres pobres.

Si bien en teoría, la supuesta objetividad científica queda al margen de la crítica feminista, se ha demostrado que no es así.

Para el feminismo en la ciencia surge la siguiente pregunta: ¿acaso podemos imaginar cómo sería una forma científica de búsqueda del saber que prescindiese de la distinción entre la objetividad frente a la subjetividad,  entre razón frente a emociones, entre mente frente a cuerpo, en general, entre términos asociados con la masculinidad frente a términos asociados con la feminidad?

El feminismo es un movimiento político para el cambio social, entonces ¿cómo puede incrementar la objetividad de la investigación una indagación tan politizada? Ello considerando la idea implantada de que la ciencia y la sociedad están separadas desde un punto de vista analítico; idea, por cierto, errónea pues cualquiera puede ver que las idiosincrasias de los investigadores individuales han influido en la historia de la ciencia. Y más aún, las prioridades de financiación de la economía y del estado influyen en la selección de temas prioritarios para la investigación.

Entonces, si estos factores sociales e incluso ambientales influyen en la historia de la ciencia, ¿qué nos impide pensar que la ciencia no responde a una construcción patriarcal del conocimiento?¿Se tiene que demostrar que las leyes de Newton o de Einstein son sexistas con el fin de aportar un razonamiento aceptable sobre el carácter sexista de las ciencia?

En los últimos 20 años, el número de mujeres mexicanas que ha decidido estudiar carreras científicas se ha multiplicado casi 11 veces; no obstante, su participación en apoyos para becas de postgrado, plazas de trabajo o membresías del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) no ha rebasado el 30%.

Pero, ¿cuántas de ellas dirigen facultades, centros o institutos de investigación científica? ¿Cuántas son rectoras? ¿Cuántas presidentas de sociedades científicas o secretarias de Estado?

¿Por qué sigue siendo tan evidente le segregación de género en el conjunto del personal científico, después de más de un siglo de intentar las mujeres introducirnos en el ámbito de la ciencia? Más en concreto, ¿por qué se han opuesto tan reiteradamente las instituciones a la educación de las mujeres para las carreras de ciencia, al empleo de estas en los quehaceres científicos y a la evaluación de su trabajo en la ciencia para que merezcamos un reconocimiento público y un apoyo institucional equiparable al de los hombres?

En Women Scientist in America, Margaret Rossister muestra que las luchas de las mujeres para acceder a la ciencia a finales del siglo XIX y principios de XX se desarrolla en dos contextos generales que fijaron los límites de sus posibles logros. “El lugar subordinado que, históricamente, ocupan en la ciencia (y, en consecuencia, su invisibilidad incluso para los historiadores de la ciencia avezados) no fue una coincidencia ni se produjo por falta de méritos por su parte. Se debió al enmazcaramiento intencionado de su presencia en el ámbito de la ciencia a finales del siglo XIX”.

Hacia 1940, hubo un incremento del número de mujeres científicas que trabajan en diversos campos e instituciones como consecuencia de un ciclo de luchas heroicas. Sin embargo, este crecimiento se produjo al precio de aceptar trabajos segregados y reconocimiento insuficiente.

Previo a este incremento, se fundaron colegios universitarios femeninos que comenzaron a ofrecer educación científica a las mujeres, sobre todo en los Estados Unidos. Sin embargo, la justificación pública de esos centros universitarios, era que las mujeres educadas podrían criar unos hijos mejores. “Casi nadie podía prever que las mujeres de clase media trabajasen fuera de casa -o votasen- o quisieran hacerlo. Sin embrago, criar y enseñar a unos hijos, que sí trabajarían y votarían, se consideraban  unas tareas tan abrumadamente importantes y merecedoras de una dedicación plena que parecía conveniente que las madres se educasen en el nivel de secundaria y, más tarde, en el universitario”.

Por lo tanto, las oportunidades a disposición de las mujeres educadas estaban limitadas por estereotipos familiares de género que las limitaban a sentimientos y conductas suaves, delicadas, emocionales, no competitivas y asistenciales. Mientras que el estereotipo de la ciencia se llegaba a contemplar casi como polo opuesto: duro, riguroso, racional, impersonal, masculino, competitivo y no emocional. Situación que dejaba y nos deja a las mujeres científicas atrapadas entre dos estereotipos: como científicas, somos mujeres atípicas; como mujeres, somos científicas raras.

Hay estudios actuales que ponen en evidencia la persistencia de estas pautas señaladas por Rossiter. En estos estudios se pone en manifiesto que los efectos de los estereotipos de género, que comienzan en la cuna y van acumulándose hasta la edad adulta, desaniman a las mujeres y estimulan a los hombres hacia actitudes y pensamientos necesarios para desenvolverse en trabajos científicos, matemáticos y de ingeniería.

De este modo indica Rossiter que lo ‘científico’ y lo ‘masculino’ son constructos culturales que se refuerzan entre sí, así es cómo en la ciencia, más que en cualquier otra ocupación, la simple presencia de algunas mujeres despierta en la mente de los hombres la amenaza de la feminización y, por lo tanto, de desafío de su propia identidad de género.

Es por ello que denunciamos la exclusión de las mujeres en las instituciones del conocimiento. Exigimos apertura total a las universidades, denunciamos el techo de cristal y exigimos que las mujeres de la clase trabajadora podamos acceder al conocimiento científico.

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